06/08/2026
Hay hijas que pasan años intentando salvar el vínculo con sus madres.
Explican cómo se sienten.
Intentan conversar.
Perdonan.
Dan oportunidades.
Vuelven una y otra vez con la esperanza de que algo cambie.
Y muchas veces lo hacen porque las quieren.
Porque alejarse de una madre no suele ser una decisión impulsiva.
Suele ser el último recurso de alguien que lleva demasiado tiempo sufriendo.
Pero hay ocasiones en las que el dolor no viene solo de lo que ocurrió.
Viene de la imposibilidad de hablar de ello.
Porque cuando una persona se niega sistemáticamente a revisar sus actos, a asumir responsabilidades o a reconocer el impacto que tuvo en los demás, cualquier intento de reparación se vuelve casi imposible.
Y entonces la hija se queda atrapada entre dos dolores.
El dolor de seguir en una relación que le hace daño.
Y el dolor de alejarse de alguien a quien sigue queriendo.
Por eso muchas veces la distancia no nace de la falta de amor.
Nace del agotamiento.
De cargar durante años con heridas que nunca fueron reconocidas.
De escuchar una y otra vez que todo fue exagerado, malinterpretado o que simplemente "se hizo lo que se pudo".
Y no, reconocer que algo te hizo daño no significa negar el esfuerzo que alguien hizo.
Pero tampoco deberías tener que renunciar a tu verdad para proteger la comodidad emocional de otra persona.
Porque hay vínculos que se rompen por los errores.
Y otros que se rompen porque nadie quiso responsabilizarse de ellos.
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