27/05/2026
EL VELO DE LA LUNA Y EL SACRIFICIO DE LA LIEBRE
En la penumbra sagrada, donde el aliento de los antepasados se vuelve humo de copal y el silencio es un murmullo de estrellas, nace en Celts of Iberia Folklore el relato de la liebre y el rostro de la noche.
En el principio de los tiempos, cuando el firmamento aún no hallaba su equilibrio y los dioses debatían el brillo de los astros, dos luces competían por reinar sobre las sombras. Una, demasiado poderosa, arrogante en su resplandor, fue destinada a ser el Sol, y la otra, la Luna, portaba una claridad tan cruda que cegaba el sueño de los hombres y perturbaba el descanso de las criaturas de la tierra. Entoces el ciclo del tiempo se cerraba y un nuevo sol acechaba en el horizonte, el cielo nocturno se tornaba un espejo donde la realidad y el mito se confundían; mas la sabiduría antigua, tejida con hilos de obsidiana y misterio, advierte que los actos celestiales tienen eco en la carne de los mortales.
Precisamente, en aquellas noches de vigilia, cuando la luna se sentía más cercana, era entonces cuando los sabios ancestros llamaban al silencio y a la mirada baja. Se decía que el rostro de la liebre, estampado en el cielo, posee una esencia transformadora, y si los niños, en su pureza y fragilidad, osaban escrutar la oscuridad lunar, la liebre en su danza invisible marcaba el rostro de los pequeños con su propia fisura, grabando en ellos la huella de su sacrificio, el labio leporino. Era una marca de comunión, así, la hendidura natural de nuestra hermana del campo se convertía en el recordatorio perpetuo de que, ante la inmensidad del tiempo cósmico, los humanos somos solo arcilla tierna, y nuestra fisonomía es el lienzo donde la luna, en su eterno giro, escribe las leyes invisibles que nos gobiernan.
Fue entonces cuando la liebre, humilde habitante del Altiplano, con su mirada de ámbar y su hendidura sagrada, comprendió el designio como un sacrificio necesario para aplacar la soberbia de la noche, y fue arrojada por manos divinas contra el disco lunar. El impacto a pesar de la violencia, era un sello de armonía, pues su cuerpo quedó tatuado para siempre en la faz del astro plateado, atenuando su fulgor para que el mundo pudiera dormir bajo una luz apacible... desde entonces, el conejo vive en la Luna, velando el sueño del cosmos.
Así quedó escrito, y así la liebre custodia, desde su trono celeste, los límites de nuestra propia fragilidad.
¿Te gustaría profundizar en algún otro mito de la cosmovisión mesoamericana relacionado con los animales o los astros?
AEODOS DE IBERIA: ASOCIACIÓN CULTURAL ARTÍSTICA.