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toda una enseñanza de vida
11/07/2026

toda una enseñanza de vida

🐟 Contraté a un pescador jubilado de 72 años cuando todos decían que era demasiado viejo para trabajar… y terminó cambiando la vida de todo el mercado.

Cuando abrí mi pequeña pescadería, buscaba a alguien que atendiera a los clientes mientras yo preparaba los pedidos.

Las entrevistas fueron un desastre.

Algunos llegaban tarde.

Otros renunciaban después de dos días.

Entonces apareció un hombre de 72 años.

Vestía una vieja gorra azul, botas de goma desgastadas y llevaba las manos marcadas por décadas de trabajo en el mar.

Con una sonrisa tranquila preguntó:

—¿Todavía necesita ayuda?

Miré su solicitud y le pregunté:

—¿No estaba ya jubilado?

Él sonrió.

—Sí. Pero uno nunca se jubila de sentirse útil.

Muchos vecinos me advirtieron.

—No podrá cargar cajas.

—Se cansará muy rápido.

—Busca a alguien joven.

Pero decidí contratarlo.

Se llamaba Don Ernesto.

Los primeros días avanzaba despacio.

No corría como los demás.

Sin embargo, jamás dejaba una tarea sin terminar.

Mientras limpiaba pescado, les enseñaba a los empleados más jóvenes cómo aprovechar cada pieza sin desperdiciar nada.

Cuando llegaban niños con sus padres, siempre les regalaba una pequeña co**ha marina y les contaba una historia del océano.

Pronto ocurrió algo inesperado.

Los clientes empezaron a preguntar por él.

—¿Está Don Ernesto hoy?

Algunos incluso cambiaban el día de sus compras solo para conversar unos minutos con él.

Recordaba el nombre de cada cliente.

Sabía quién prefería salmón, quién cocinaba para sus nietos y quién vivía solo.

Si veía a una persona mayor cargando bolsas pesadas, las llevaba hasta su automóvil.

Si alguien decía que no podía pagar todo, encontraba la manera de ajustar el pedido sin hacer que se sintiera avergonzado.

Una mañana entró un niño con unas pocas monedas.

Quería comprar pescado para cocinarle una sopa a su mamá, que estaba enferma.

El dinero no alcanzaba.

Sin decir una palabra, Don Ernesto preparó una bolsa mucho más grande.

Cuando quise cobrarle la diferencia, me guiñó un ojo.

—Algunas ganancias no se cuentan en la caja.

Días después, la madre del niño apareció completamente recuperada.

Llorando, nos agradeció porque aquel gesto le devolvió la esperanza en el momento más difícil.

La historia comenzó a recorrer el barrio.

Cada vez llegaban más clientes.

No solo por la calidad del pescado.

Venían porque decían que aquel lugar les hacía sentir como en casa.

Un día, una conocida periodista gastronómica visitó el mercado de incógnito.

Observó cómo Don Ernesto ayudaba a una anciana a elegir el pescado más fresco y luego cargaba sus bolsas hasta el autobús.

Publicó un video contando lo que había visto.

En pocos días, millones de personas compartieron la historia.

Nuestra pequeña pescadería apareció en periódicos, programas de televisión y redes sociales.

Las ventas se duplicaron.

Después abrimos una segunda tienda.

Más tarde llegó una tercera.

Cuando le preguntaron a Don Ernesto cuál era el secreto de tanto éxito, respondió con la misma serenidad de siempre:

—La gente recuerda cómo la haces sentir mucho después de olvidar lo que compró.

Esa frase quedó escrita en un cuadro que hoy cuelga en la entrada de cada tienda.

Don Ernesto ya no trabaja todos los días.

Solo viene algunas mañanas para saludar a los clientes, contar historias del mar y enseñar a los nuevos empleados que el respeto también forma parte del servicio.

Cada vez que alguien me pregunta cuál fue la mejor contratación que hice, no hablo de experiencia, títulos ni velocidad.

Hablo de un hombre de 72 años al que muchos consideraban "demasiado mayor".

Porque descubrí que las personas con más años no siempre trabajan más rápido.

Pero muchas veces son las que dejan la huella más profunda en el corazón de quienes las conocen.

¿Y tú? ¿Crees que la edad define el valor de una persona, o que la verdadera riqueza está en la experiencia y la bondad que comparte con los demás?

02/07/2026
CIERTO!!
09/06/2026

CIERTO!!

DE HOMBRE A HOMBRE:
CUANDO EMPIECES A GANAR BUEN DINERO, NO LO GASTES COMO ALGUIEN QUE NUNCA LO TUVO.

Ganar más dinero no sirve de mucho si sigues pensando pequeño.

Porque muchos hombres, cuando empiezan a ganar mejor, cometen el mismo error: quieren demostrarlo todo de golpe.

Compran para impresionar.
Gastan para sentirse validados.
Se llenan de cosas que no necesitan.
Suben el nivel de sus gastos, pero no el nivel de su vida.

Y ahí está la diferencia:

un hombre inmaduro usa el dinero para aparentar.
Un hombre inteligente usa el dinero para construir.

Cuando empieces a ganar buen dinero, haz esto:

1. Compra menos ropa, pero de mejor calidad.
No necesitas un clóset lleno de prendas baratas que se dañan rápido. Necesitas piezas buenas, duraderas, elegantes y versátiles. Un hombre con presencia no necesita exceso. Necesita buen gusto.

2. Come comida de alta calidad, no basura.
Tu cuerpo es tu máquina de guerra. No puedes exigirle energía, claridad mental, fuerza y disciplina si lo alimentas como basurero. Comer mejor no es lujo: es mantenimiento.

3. Contrata ayuda para tareas domésticas si puedes hacerlo.
No estás comprando limpieza. Estás comprando tiempo. Y el tiempo es el recurso que ningún banco te devuelve. Usa esas horas para descansar, entrenar, pensar, crear, producir o estar con quienes amas.

4. Mejora tu colchón.
Parece simple, pero el sueño lo cambia todo. Un mal descanso destruye tu ánimo, tu enfoque, tu paciencia, tu salud y tu rendimiento. Invertir en dormir bien es invertir en funcionar mejor.

5. Invierte en experiencias, no solo en cosas.
Un viaje, una cena con tu familia, una aventura, un curso, una conversación profunda, un recuerdo con tus hijos… eso se queda. Las cosas se gastan. Las experiencias te transforman.

6. Actualiza tu asesoría financiera.
El conocimiento que te trajo hasta aquí tal vez no sea suficiente para llevarte al siguiente nivel. Aprende de impuestos, inversiones, negocios, ahorro, protección patrimonial y crecimiento. El dinero sin dirección se escapa.

7. Rodéate de gente de alto valor.
No hablo de gente con dinero solamente. Hablo de personas con mentalidad, disciplina, visión, principios y hambre de crecer. Tu entorno puede elevarte o hundirte. Elige bien a quién escuchas.

8. Deja de guardar tu mejor ropa y tus mejores zapatos para “ocasiones especiales”.
Úsalos.

No esperes la boda, la reunión importante, la foto perfecta o el día ideal.
La vida es demasiado frágil para vivir guardando lo bueno para un futuro que nadie tiene garantizado.

Querido hijo:

Estar vivo ya es una ocasión especial.

Usa esa camisa.
Ponte esos zapatos.
Estrena ese perfume.
Come mejor.
Duerme mejor.
Viaja si puedes.
Cuida tu cuerpo.
Cuida tu mente.
Cuida tu tiempo.

Pero sobre todo, no confundas ganar más con vivir mejor.

Vivir mejor no siempre es tener más cosas.
A veces es tener más paz.
Más salud.
Más orden.
Más libertad.
Más criterio.
Más control sobre tus días.

Porque el verdadero progreso no se nota solo en cuánto ganas.

Se nota en cómo decides.
En cómo comes.
En cómo duermes.
En cómo te rodeas.
En cómo usas tu tiempo.
En cómo tratas tu cuerpo.
En cómo dejas de vivir para aparentar y empiezas a vivir para construir.

Pequeños cambios.
Gran impacto.

El dinero no debe convertirte en alguien ruidoso.
Debe convertirte en alguien más libre, más sabio y más dueño de su vida.

cuantos usaste
08/06/2026

cuantos usaste

¡Desbloqueando la nostalgia! 👵😂

Hay que ser parte de la iniciativa
10/06/2025

Hay que ser parte de la iniciativa

Era solo un niño.
Vivía con su mamá, una mujer agotada, siempre al borde del llanto,
que trabajaba de mesera en doble turno para pagar la renta
y no perder el carro viejo donde dormían algunas noches.

Tenía unos ojos grandes…
de esos que aún no se apagan del todo.
De esos que, a pesar del dolor, siguen creyendo que algo bueno puede pasar.

Un día, en la escuela, llegó un maestro nuevo.
Tenía el rostro marcado por cicatrices.
No hablaba mucho.
Pero los miró a todos y les dijo:

—Piensen en una idea que pueda cambiar el mundo. Y llévenla a cabo.
Esa es su tarea.

Muchos se rieron.
Otros preguntaron si podían hacer un dibujo.
Pero él…
se quedó callado, pensando.

Esa noche no pudo dormir.
Y al día siguiente, presentó su plan:

“Yo ayudo a tres personas. En algo grande.
Y les pido que no me lo devuelvan a mí…
sino que cada una ayude a otras tres personas.”

El maestro frunció el ceño.
No era mala idea…
solo parecía imposible.

Pero el niño no quería dejarlo en papel.
Así que empezó.

La primera persona fue un hombre que vivía debajo de un puente.
Nadie le hablaba. Nadie lo veía.
Pero él se acercó y le dijo:

—Puedes venir a mi casa. Hay comida. Hay ropa.
Mi mamá no sabe… pero quiero ayudarte.

El hombre lo miró como si fuera una alucinación.
Y aceptó.

Le dio de comer.
Le prestó ropa.
Lo intentó convencer de que aún merecía una oportunidad.

Cuando su mamá se enteró, casi se desmaya.

—¿¡Trajiste a un desconocido a esta casa!?
—Todos necesitamos que alguien crea en nosotros. Al menos una vez.

La segunda persona fue su mamá.
Quería verla reír.
Intentó reunirla con su papá, un hombre ausente dañado por las adicciones.

La tercera persona fue su maestro.
Quería que dejara de estar solo.
Intentó que saliera con su mamá. Que se permitiera volver a confiar.

No todo salió bien.
El hombre recayó.
Su papá lo decepcionó.
Su maestro no quiso abrirse.

Y un día, frustrado, con lágrimas en los ojos, dijo:

—Creí que si ayudaba a los demás, el mundo sería mejor.
Pero creo que me equivoqué.

Y sin embargo…
algo había empezado.

Una mujer ayudó a una desconocida con su hijo enfermo.
Un hombre evitó que otro se quitara la vida.
Una señora perdonó a su hija después de años.

La cadena estaba corriendo.

Gente ayudando a gente.
Sin cámaras. Sin aplausos. Sin redes sociales.
Solo porque un niño se atrevió a creer.



Y entonces…
cuando todo parecía mejorar,
la historia dio un giro que dolió.

Ese niño —ese pequeño corazón que solo quería hacer el bien—
se metió a defender a un amigo que estaban golpeando.

Quiso protegerlo.
Quiso hacer lo correcto.

Pero lo apuñalaron.
Y no sobrevivió.

Su cuerpo era frágil…
pero su alma fue gigante.

Lo que empezó como una tarea escolar…
terminó siendo una historia que tocó a cientos.
Miles. Millones.

Hoy, pocos saben su nombre.
Pero muchos siguen su idea:

Ayudar a alguien.
Sin esperar nada.
Solo con la esperanza de que esa persona
algún día… haga lo mismo por otro.



Y por eso te la cuento.

Porque tal vez tú también estás esperando que el mundo cambie.
Que la gente sea más justa, más humana.

Pero tal vez, todo lo que hace falta…
es que tú seas ese “uno”.

El primero.
El que empieza.
El que ayuda… aunque nadie lo note.
El que siembra… aunque no vea la cosecha.

Porque a veces,
las cadenas más fuertes…
empiezan con un solo acto de amor.

—Susana Rangel 🙏☕️✍️💬

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14/03/2025

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