08/03/2026
Sí… lo consiguió.
Logró que lo escucharas con atención.
Logró despertar tu compasión.
Logró que pensaras en todo lo que vivió cuando era niño: el abandono, la violencia, la soledad.
Y sobre todo, logró algo muy poderoso: activar tu empatía.
Contó una historia dolorosa. Habló de su pasado, de las heridas que carga, de todo lo que —según él— lo marcó. Y es fácil conectar con eso, porque como sociedad queremos creer que detrás de cada persona que hace daño, primero hubo alguien que sufrió.
Pero hay algo importante que no podemos ignorar.
Él mismo ha dicho que no siente culpa.
Que no experimenta remordimiento.
Que no percibe el peso moral de lo que hizo.
Sin embargo, sí parece tener una gran habilidad: entender cómo reaccionan los demás.
Sabe cuándo bajar el tono de voz.
Sabe cuándo llorar.
Sabe cuándo mirar al suelo.
Sabe cuándo decir que también fue una víctima.
La empatía es una cualidad profundamente humana… pero también puede convertirse en una herramienta cuando alguien aprende a simularla.
Mientras analizamos su pasado, algo empieza a suceder: su historia comienza a ocupar más espacio que la de quienes fueron dañados.
Y entonces aparecen comentarios como:
“Pobrecito…”
“Todo lo que vivió lo llevó a eso…”
“Quizá merece otra oportunidad…”
Empiezan a surgir defensores, campañas, personas que piden que se le dé otra oportunidad.
Pero vale la pena hacerse una pregunta honesta.
Si mañana recuperara su libertad…
¿Lo invitarías a tu casa?
¿Confiarías en él para estar cerca de tus hijos?
¿Lo dejarías cuidarlos sabiendo lo que hizo y sabiendo que él mismo ha dicho que no se arrepiente?
Las experiencias de la infancia pueden ayudarnos a comprender muchas cosas, pero no justifican causar daño a otros.
Muchas personas crecen en contextos de violencia, abandono o pobreza… y aun así deciden no convertirse en agresores.
Por eso la reflexión real no se trata solamente de él.
Se trata de cómo funciona nuestra compasión.
La empatía es necesaria para construir una sociedad más humana. Pero cuando no va acompañada de pensamiento crítico, puede llevarnos a algo peligroso: romantizar al agresor.
Comprender a alguien no significa justificarlo.
Escuchar su historia no implica borrar el daño causado.
Sentir compasión no significa ignorar a las víctimas.
La verdadera pregunta no es si él cambió.
La verdadera pregunta es si nosotros estamos dispuestos a olvidar demasiado rápido.
Porque algunos depredadores no necesitan escapar de una prisión.
A veces solo necesitan aprender a contar mejor su historia frente a una cámara.