11/06/2026
¿PARA QUÉ HACER UN PLAN SI NUNCA SALE COMO ESPERAMOS?
Esta es una de esas bromas serias entre los veteranos de la administración.
Y, como toda buena broma, tiene su dosis de verdad.
Durante una entrevista, mi editor y gran amigo Alberto me compartió algo que había escuchado de varios emprendedores:
—Yo tenía una gran idea, pero fui a una incubadora de negocios y me la echaron a perder.
Fuertes declaraciones.
Aquí se abre un debate interesante, porque existen por lo menos tres versiones de la misma historia: la del emprendedor, la de la incubadora y la de un mercado al que poco le importan las buenas intenciones de ambos.
Tal vez nunca lleguemos a tener todas las respuestas correctas. Pero, por lo menos, el debate nos obliga a formular las preguntas correctas.
Primero, seamos honestos.
Nuestra idea es nuestro bebé. La queremos, la cuidamos y estamos convencidos de que es especial.
El problema es que esos ojos de amor suelen nublar nuestro criterio.
Así que no sería raro que, al someter nuestra idea a un proceso serio de evaluación y análisis, descubriéramos que no era tan atractiva, tan especial ni tan viable como pensábamos.
Y ahí es donde empezamos a resistirnos. Porque aceptar que la realidad no coincide con lo que imaginábamos nunca es fácil, sobre todo cuando llevamos tanto tiempo enamorados de la idea.
Por otro lado, una incubadora trabaja con una metodología bien definida y estructurada, algo indispensable para crear un plan y convertir tu idea en un proyecto de negocio viable.
El problema aparece cuando esa metodología se convierte en una especie de “talla única” o cuando quienes evalúan el proyecto conocen muy bien la teoría, pero les falta calle.
Son ajenos al medio: no conocen a los clientes de ese sector, sus códigos ni su realidad cotidiana.
Entonces intentan llevar todos los negocios hacia el mismo lugar: crecer rápido, escalar, atraer inversionistas y conquistar nuevos mercados.
Pero no todos queremos construir la próxima gran empresa tecnológica ni levantar millones de dólares.
Tal vez solo queremos una cafetería rentable, un taller bien organizado, una compañía artística sostenible o un negocio que nos permita vivir dignamente.
El método puede ser el mismo, pero el tamaño, el propósito y la forma del negocio deben responder al mundo real en el que va a operar.
Y, por último, está el juez definitivo: el mercado.
Ese ente amorfo, voluble y dinámico al que nuestras ideas, planes, estudios y buenas intenciones le importan un cacahuate.
Desde mi punto de vista, cuando alguien dice aquella frase lapidaria —“me echaron a perder la idea”—, lo más probable es que nadie haya destruido su idea.
Lo que se destruyó fue la fantasía que había construido alrededor de ella.
Tu idea siempre será maravillosa mientras viva en tu cabeza. El problema empieza cuando la confrontas con costos, riesgos, tiempos, proyecciones y, eventualmente, con la cruda realidad.
Y en cuanto al plan que te ayuden a desarrollar, por más profesional, detallado y completo que sea, tampoco saldrá exactamente como fue escrito.
Inevitablemente tendrá que cambiar.
Entonces volvemos a la broma en serio:
¿Para qué planear si nada sale como lo planeamos?
Porque no planeamos para que todo ocurra exactamente como esperamos.
Planeamos para saber qué hacer cuando ocurra algo distinto.
El presupuesto tendrá errores. Las ventas no llegarán como esperabas. El cliente se comportará de otra manera. Los proveedores fallarán. Aparecerá un competidor. Surgirá alguna circunstancia del entorno que nadie había previsto.
Pero gracias al plan tendrás referencias sobre las cuales trabajar. Podrás detectar dónde te quedaste corto, dónde superaste las expectativas, qué sorpresas aparecieron y qué fue lo que nomás no funcionó. Sin esas referencias no sabrás cómo ajustar precios, reducir costos, cambiar de proveedor, replantear la estrategia ni, mucho menos, reconocer a tiempo que el proyecto no es viable.
Un plan no está escrito en piedra ni pretende controlar el futuro. Está hecho para guiarte en el camino y ayudarte a reconocer cuándo debes tomar una ruta distinta.
En mi libro recomiendo buscar apoyo en una incubadora de negocios o en un asesor profesional.
Pero también te recomiendo no llegar con las manos vacías.
La incubadora puede ayudarte a ordenar, evaluar y fortalecer el proyecto, pero no debería tener que inventarlo por ti.
Antes de pedir ayuda, conviene que hayas trabajado una serie de pasos básicos que te permitan aterrizar tu idea, definir mejor tu negocio y llegar con algo más sólido que una ocurrencia disfrazada de “idea genial”.
Y recuerda, no planeamos para que todo ocurra exactamente como esperamos.
Planeamos para saber que hacer cuando ocurra algo distinto.
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