21/03/2026
*Invocaciones: dos años después, el fuego sigue encendido*
*Por Aldo Rodríguez*
Hay obras que uno compone. Y hay obras que, en un momento extraño y decisivo de la vida, lo componen a uno.
Invocaciones pertenece, para mí, a esa segunda categoría.
Se cumplen dos años de su estreno, aquel 21 de marzo de 2024, en el marco del trigésimo Forum del IRCAM, en París. No fue una fecha cualquiera. Ocurrió en pleno umbral de un nuevo ciclo, en ese punto del calendario que tantas culturas han leído como una puerta: el inicio, la renovación, el movimiento secreto de la luz sobre la sombra. No me interesa aquí hacer folclor de lo simbólico, pero tampoco negarlo. Hay días y horas que parecen llegar cargados de una electricidad distinta, como si el tiempo respirara de otro modo. El nacimiento público de Invocaciones ocurrió precisamente ahí: en un borde.
Y quizá por eso la obra, desde su primera aparición, adquirió para mí un carácter que rebasa lo meramente técnico, lo estrictamente composicional o incluso lo escénico. No digo esto a la ligera. Como compositor formado también en la disciplina, en la estructura, en el rigor del oficio, sé perfectamente que una obra se sostiene en su arquitectura, en sus decisiones, en su escritura, en la inteligencia de sus materiales. Pero también sé —porque lo he vivido— que hay piezas donde algo más empieza a latir. Algo que no siempre puede explicarse con la sola gramática de la técnica.
Invocaciones ha sido, sin exageración, un parteaguas en mi vida como compositor.
Desde su estreno en París, la obra comenzó un recorrido que todavía hoy me sigue asombrando. En junio de 2024 llegó a España. En octubre del mismo año se presentó en la Ciudad de México, dentro del Foro Internacional de Música Nueva Manuel Enríquez, un espacio indispensable para la creación contemporánea en nuestro país. Más tarde, en enero de 2025, volvió a sonar en Francia; en marzo de 2025, en Londres, donde además fue presentada por primera vez como paper científico, subrayando una de sus dimensiones más singulares: no se trata solamente de una obra para voz y electroacústica, sino de una propuesta donde la inteligencia artificial en vivo forma parte orgánica del discurso artístico. En mayo de 2025 se escuchó por primera vez en Sinaloa, dentro del Festival de la Universidad; en junio de 2025 viajó a Nueva York, al New York City Electroacoustic Music Festival; y en octubre de 2025 volvió a resonar en su tierra, en el Festival Cultural Sinaloa.
Ese trayecto, visto en frío, podría enumerarse como una cadena de logros, de sedes, de validaciones. Pero sería reducirlo demasiado. Porque lo verdaderamente importante no ha sido solo dónde se ha presentado, sino lo que la obra ha despertado en la gente. Y, antes aún, lo que vino a remover dentro de mí.
Hay quienes han recibido Invocaciones como una obra casi espiritual. Lo entiendo. Lo he sentido también. Sus seis arias —cada una construida como un llamado, una apertura, una tensión entre presencia y ausencia— parecen tocar una fibra muy antigua del ser humano: esa necesidad de dirigirse a algo más grande, más oscuro, más luminoso o más inexplicable que uno mismo. Invocar no es únicamente pedir. Tampoco es, necesariamente, un gesto religioso en el sentido convencional. Invocar es llamar con todo el ser. Llamar a lo visible y a lo invisible. A los dioses, a los espíritus, a los demonios, a la memoria, al deseo, al miedo, a la fuerza que creemos perdida. Invocar es reconocer que el ser humano nunca ha dejado de hablar con aquello que no termina de comprender.
Y ahí, justamente ahí, habita el corazón de esta obra.
A lo largo de la historia, la humanidad ha levantado cantos, rezos, conjuros, plegarias, himnos y susurros dirigidos a potencias superiores o interiores. Cambian los nombres, cambian los rituales, cambian los lenguajes, pero la necesidad permanece. Invocaciones nace de esa continuidad profunda. No como una ilustración arqueológica del misterio, sino como una experiencia contemporánea del mismo. En ella conviven la voz humana —frágil, encarnada, ancestral— con la electrónica y con la inteligencia artificial, es decir, con algunas de las herramientas más complejas y decisivas de nuestro tiempo. Ese cruce me sigue pareciendo profundamente significativo: una obra que mira hacia lo sagrado, lo oscuro, lo arquetípico, pero desde el centro mismo de la contemporaneidad tecnológica. Como si un oráculo antiguo hablara, de pronto, a través de circuitos, algoritmos, impulsos digitales y resonancias procesadas.
Y sin embargo, por más avanzada que sea su dimensión técnica, Invocaciones nació de algo radicalmente humano: una necesidad de decir.
Debo confesarlo con claridad. Cuando compuse esta obra atravesaba un momento interior complejo. Había en mí un vacío. Un hueco difícil de nombrar, pero real. Uno de esos periodos en los que algo dentro de nosotros parece haberse desajustado, como si la brújula íntima perdiera por momentos el norte. Y en medio de esa intemperie apareció la música. No como adorno ni como escape fácil, sino como una forma de internarme en mí mismo y, acaso, empezar a salir. La obra se convirtió en cauce. En espejo. En exorcismo. En una conversación profunda con zonas de mi ser que tal vez no habían encontrado antes su verdadera voz.
Con el tiempo he entendido algo: no todas las obras llegan cuando uno las planea; algunas llegan cuando uno las necesita. E Invocaciones me necesitó tanto como yo a ella.
Por eso me conmueve tanto pensar en su aniversario. Porque al mirar hacia atrás no veo solamente una partitura exitosa ni una obra que ha tenido una recepción generosa en distintos foros internacionales. Veo también una línea secreta que une aquel estado interior con el presente. Veo una transformación. Veo el punto en que ciertas puertas empezaron a abrirse. Y no hablo únicamente de conciertos, festivales o reconocimientos. Hablo de otra cosa: de una energía creativa que se desató a partir de ahí. De una corriente subterránea que, desde entonces, ha alimentado mis obras actuales, mis proyectos futuros y, de manera muy especial, mi escritura.
Porque algo más ocurrió después de Invocaciones: empecé a escribir más. Mucho más. A escribir sobre la música, sobre el arte, sobre la memoria, sobre las pasiones que me sostienen, sobre los asombros y heridas que hacen de uno lo que es. Como si la obra hubiera abierto no solo un cauce sonoro, sino también verbal. Como si, detrás de aquellas seis arias, hubiera estado aguardando una voz más amplia, una respiración distinta, una nueva etapa de fecundidad interior.
Y ahí aparece un nombre que no puedo omitir: Calíope.
Porque sí, Calíope llegó para quedarse. Aunque físicamente se haya ido, dejó una huella indeleble. Hay presencias que no necesitan quedarse en el plano tangible para transformar una vida. Hay personas, encuentros, intuiciones, estímulos, que tocan una zona esencial de nuestro ser y a partir de entonces ya nada vuelve a organizarse del mismo modo. A veces ni siquiera saben lo que han encendido en nosotros. Pero lo encienden. Nos ayudan a recordar quiénes somos, quiénes hemos sido, quiénes podríamos llegar a ser. Nos devuelven, casi sin proponérselo, una parte extraviada del alma.
No sé si esa sea otra forma de invocación. Sospecho que sí.
Por eso, a dos años de distancia, puedo decir que Invocaciones no ha terminado. Sigue ocurriendo. Sigue desplegándose. Sigue cosechando frutos visibles e invisibles. Sigue hablándome. Sigue generando resonancias en quienes la escuchan. Y sigue confirmándome que hay obras cuya verdadera vida comienza después del estreno, cuando ya no le pertenecen por completo al compositor y empiezan a circular en la sensibilidad de los demás, pero también en los pliegues más secretos del propio destino.
Hay algo de misticismo en esta obra, no voy a negarlo. Me atrae desde siempre esa dimensión de la existencia en la que el ser humano busca lo profundo, lo velado, lo trascendente, aquello que no cabe enteramente en la razón, aunque tampoco se oponga a ella. Me interesa ese territorio donde pensamiento y misterio se rozan. Donde la lucidez no cancela el asombro. Donde el arte no da respuestas definitivas, pero sí formula preguntas que nos vuelven más intensos, más conscientes, más vivos.
Quizá por eso algunas personas perciben en Invocaciones una suerte de magia. Tal vez la hay. Pero no en el sentido superficial del término. La magia, si existe aquí, reside en otra parte: en la capacidad del arte para transformar una herida en forma, un vacío en sonido, una fractura en canto. En su poder para reunir pedazos dispersos del ser y devolverlos transfigurados. En su manera de decirnos, incluso en medio de la incertidumbre, que todavía es posible arder.
Hoy celebro estos dos años con gratitud, con asombro y también con una íntima serenidad. Sé que la obra aún tiene camino por delante. Sé que todavía guarda revelaciones. Y sé también que, en breve, compartiré una noticia que marcará otro momento decisivo, no solo para esta pieza, sino quizá para la música electroacústica en el noroeste de México. Todo a su tiempo. Las obras, como los destinos, tienen su propio reloj.
Por ahora me basta decir esto: Invocaciones abrió un ciclo. No solo el 21 de marzo de 2024, en París, entre tecnología, voz, riesgo y revelación. Lo abrió dentro de mí.
Y ese fuego, dos años después, sigue encendido.
Liga para ver el estreno en Mexico
Perla Orrantia, sopranoAldo Rodriguez, composición video y electrónicosGrabación Premiere en México, Octubre 2024 en el marco del FIMNMEEl proyecto Invocacio...