Invocaciones / Aldo Rodríguez

Invocaciones  / Aldo Rodríguez Invocaciones es una obra para soprano y electrónica sin precedente en el noroeste de México compuesta por Aldo Rodríguez.

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*Invocaciones: dos años después, el fuego sigue encendido**Por Aldo Rodríguez*Hay obras que uno compone. Y hay obras que...
21/03/2026

*Invocaciones: dos años después, el fuego sigue encendido*

*Por Aldo Rodríguez*

Hay obras que uno compone. Y hay obras que, en un momento extraño y decisivo de la vida, lo componen a uno.

Invocaciones pertenece, para mí, a esa segunda categoría.

Se cumplen dos años de su estreno, aquel 21 de marzo de 2024, en el marco del trigésimo Forum del IRCAM, en París. No fue una fecha cualquiera. Ocurrió en pleno umbral de un nuevo ciclo, en ese punto del calendario que tantas culturas han leído como una puerta: el inicio, la renovación, el movimiento secreto de la luz sobre la sombra. No me interesa aquí hacer folclor de lo simbólico, pero tampoco negarlo. Hay días y horas que parecen llegar cargados de una electricidad distinta, como si el tiempo respirara de otro modo. El nacimiento público de Invocaciones ocurrió precisamente ahí: en un borde.

Y quizá por eso la obra, desde su primera aparición, adquirió para mí un carácter que rebasa lo meramente técnico, lo estrictamente composicional o incluso lo escénico. No digo esto a la ligera. Como compositor formado también en la disciplina, en la estructura, en el rigor del oficio, sé perfectamente que una obra se sostiene en su arquitectura, en sus decisiones, en su escritura, en la inteligencia de sus materiales. Pero también sé —porque lo he vivido— que hay piezas donde algo más empieza a latir. Algo que no siempre puede explicarse con la sola gramática de la técnica.

Invocaciones ha sido, sin exageración, un parteaguas en mi vida como compositor.

Desde su estreno en París, la obra comenzó un recorrido que todavía hoy me sigue asombrando. En junio de 2024 llegó a España. En octubre del mismo año se presentó en la Ciudad de México, dentro del Foro Internacional de Música Nueva Manuel Enríquez, un espacio indispensable para la creación contemporánea en nuestro país. Más tarde, en enero de 2025, volvió a sonar en Francia; en marzo de 2025, en Londres, donde además fue presentada por primera vez como paper científico, subrayando una de sus dimensiones más singulares: no se trata solamente de una obra para voz y electroacústica, sino de una propuesta donde la inteligencia artificial en vivo forma parte orgánica del discurso artístico. En mayo de 2025 se escuchó por primera vez en Sinaloa, dentro del Festival de la Universidad; en junio de 2025 viajó a Nueva York, al New York City Electroacoustic Music Festival; y en octubre de 2025 volvió a resonar en su tierra, en el Festival Cultural Sinaloa.

Ese trayecto, visto en frío, podría enumerarse como una cadena de logros, de sedes, de validaciones. Pero sería reducirlo demasiado. Porque lo verdaderamente importante no ha sido solo dónde se ha presentado, sino lo que la obra ha despertado en la gente. Y, antes aún, lo que vino a remover dentro de mí.

Hay quienes han recibido Invocaciones como una obra casi espiritual. Lo entiendo. Lo he sentido también. Sus seis arias —cada una construida como un llamado, una apertura, una tensión entre presencia y ausencia— parecen tocar una fibra muy antigua del ser humano: esa necesidad de dirigirse a algo más grande, más oscuro, más luminoso o más inexplicable que uno mismo. Invocar no es únicamente pedir. Tampoco es, necesariamente, un gesto religioso en el sentido convencional. Invocar es llamar con todo el ser. Llamar a lo visible y a lo invisible. A los dioses, a los espíritus, a los demonios, a la memoria, al deseo, al miedo, a la fuerza que creemos perdida. Invocar es reconocer que el ser humano nunca ha dejado de hablar con aquello que no termina de comprender.

Y ahí, justamente ahí, habita el corazón de esta obra.

A lo largo de la historia, la humanidad ha levantado cantos, rezos, conjuros, plegarias, himnos y susurros dirigidos a potencias superiores o interiores. Cambian los nombres, cambian los rituales, cambian los lenguajes, pero la necesidad permanece. Invocaciones nace de esa continuidad profunda. No como una ilustración arqueológica del misterio, sino como una experiencia contemporánea del mismo. En ella conviven la voz humana —frágil, encarnada, ancestral— con la electrónica y con la inteligencia artificial, es decir, con algunas de las herramientas más complejas y decisivas de nuestro tiempo. Ese cruce me sigue pareciendo profundamente significativo: una obra que mira hacia lo sagrado, lo oscuro, lo arquetípico, pero desde el centro mismo de la contemporaneidad tecnológica. Como si un oráculo antiguo hablara, de pronto, a través de circuitos, algoritmos, impulsos digitales y resonancias procesadas.

Y sin embargo, por más avanzada que sea su dimensión técnica, Invocaciones nació de algo radicalmente humano: una necesidad de decir.

Debo confesarlo con claridad. Cuando compuse esta obra atravesaba un momento interior complejo. Había en mí un vacío. Un hueco difícil de nombrar, pero real. Uno de esos periodos en los que algo dentro de nosotros parece haberse desajustado, como si la brújula íntima perdiera por momentos el norte. Y en medio de esa intemperie apareció la música. No como adorno ni como escape fácil, sino como una forma de internarme en mí mismo y, acaso, empezar a salir. La obra se convirtió en cauce. En espejo. En exorcismo. En una conversación profunda con zonas de mi ser que tal vez no habían encontrado antes su verdadera voz.

Con el tiempo he entendido algo: no todas las obras llegan cuando uno las planea; algunas llegan cuando uno las necesita. E Invocaciones me necesitó tanto como yo a ella.

Por eso me conmueve tanto pensar en su aniversario. Porque al mirar hacia atrás no veo solamente una partitura exitosa ni una obra que ha tenido una recepción generosa en distintos foros internacionales. Veo también una línea secreta que une aquel estado interior con el presente. Veo una transformación. Veo el punto en que ciertas puertas empezaron a abrirse. Y no hablo únicamente de conciertos, festivales o reconocimientos. Hablo de otra cosa: de una energía creativa que se desató a partir de ahí. De una corriente subterránea que, desde entonces, ha alimentado mis obras actuales, mis proyectos futuros y, de manera muy especial, mi escritura.

Porque algo más ocurrió después de Invocaciones: empecé a escribir más. Mucho más. A escribir sobre la música, sobre el arte, sobre la memoria, sobre las pasiones que me sostienen, sobre los asombros y heridas que hacen de uno lo que es. Como si la obra hubiera abierto no solo un cauce sonoro, sino también verbal. Como si, detrás de aquellas seis arias, hubiera estado aguardando una voz más amplia, una respiración distinta, una nueva etapa de fecundidad interior.

Y ahí aparece un nombre que no puedo omitir: Calíope.

Porque sí, Calíope llegó para quedarse. Aunque físicamente se haya ido, dejó una huella indeleble. Hay presencias que no necesitan quedarse en el plano tangible para transformar una vida. Hay personas, encuentros, intuiciones, estímulos, que tocan una zona esencial de nuestro ser y a partir de entonces ya nada vuelve a organizarse del mismo modo. A veces ni siquiera saben lo que han encendido en nosotros. Pero lo encienden. Nos ayudan a recordar quiénes somos, quiénes hemos sido, quiénes podríamos llegar a ser. Nos devuelven, casi sin proponérselo, una parte extraviada del alma.

No sé si esa sea otra forma de invocación. Sospecho que sí.

Por eso, a dos años de distancia, puedo decir que Invocaciones no ha terminado. Sigue ocurriendo. Sigue desplegándose. Sigue cosechando frutos visibles e invisibles. Sigue hablándome. Sigue generando resonancias en quienes la escuchan. Y sigue confirmándome que hay obras cuya verdadera vida comienza después del estreno, cuando ya no le pertenecen por completo al compositor y empiezan a circular en la sensibilidad de los demás, pero también en los pliegues más secretos del propio destino.

Hay algo de misticismo en esta obra, no voy a negarlo. Me atrae desde siempre esa dimensión de la existencia en la que el ser humano busca lo profundo, lo velado, lo trascendente, aquello que no cabe enteramente en la razón, aunque tampoco se oponga a ella. Me interesa ese territorio donde pensamiento y misterio se rozan. Donde la lucidez no cancela el asombro. Donde el arte no da respuestas definitivas, pero sí formula preguntas que nos vuelven más intensos, más conscientes, más vivos.

Quizá por eso algunas personas perciben en Invocaciones una suerte de magia. Tal vez la hay. Pero no en el sentido superficial del término. La magia, si existe aquí, reside en otra parte: en la capacidad del arte para transformar una herida en forma, un vacío en sonido, una fractura en canto. En su poder para reunir pedazos dispersos del ser y devolverlos transfigurados. En su manera de decirnos, incluso en medio de la incertidumbre, que todavía es posible arder.

Hoy celebro estos dos años con gratitud, con asombro y también con una íntima serenidad. Sé que la obra aún tiene camino por delante. Sé que todavía guarda revelaciones. Y sé también que, en breve, compartiré una noticia que marcará otro momento decisivo, no solo para esta pieza, sino quizá para la música electroacústica en el noroeste de México. Todo a su tiempo. Las obras, como los destinos, tienen su propio reloj.

Por ahora me basta decir esto: Invocaciones abrió un ciclo. No solo el 21 de marzo de 2024, en París, entre tecnología, voz, riesgo y revelación. Lo abrió dentro de mí.

Y ese fuego, dos años después, sigue encendido.

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EXTRA EXTRA…!Mi obra invocaciones ha recibido una noticia inesperada… No se imaginan el tamaño de noticia que es… en cuá...
26/02/2026

EXTRA EXTRA…!

Mi obra invocaciones ha recibido una noticia inesperada… No se imaginan el tamaño de noticia que es… en cuánto esté autorizado, lo haré de conocimiento general.

*Callíope: cuando la Musa decide nombrarte**por Aldo Rodríguez*_Día del Compositor – 15 de enero de 2026__40 años de cre...
15/01/2026

*Callíope: cuando la Musa decide nombrarte*

*por Aldo Rodríguez*

_Día del Compositor – 15 de enero de 2026_
_40 años de creación musical_

Hay fechas que no se eligen: se cargan, como un pulso interno que viene de muy lejos. Hoy, 15 de enero, Día del Compositor, vuelvo a la raíz de mi oficio con una claridad que sólo llega después de muchas batallas, muchos silencios, muchos abrazos y muchas pérdidas. Este 2026 cumplo cuatro décadas como compositor, cuarenta años de buscar sonidos, de equivocarme, de crecer, de entender que la música —como la vida— sólo responde a la verdad que uno es capaz de sostener.

Y pienso en todo lo que uno aprende a lo largo de este oficio.
Pero también, en lo que aparece sin que lo pidas.
Eso que transforma la manera de crear: Callíope.

No hablo de la musa mitológica como un símbolo distante. Hablo de esa presencia real que llega un día y divide tu vida en dos: lo que eras antes… y lo que eres después.

Porque Callíope no es inspiración: es destino.

La aparición que no se anuncia

A veces Callíope llega como persona —sin título, sin ceremonia, sin aviso— y basta un instante para que el mundo interno se reacomode. Una conversación que no esperabas, una mirada que te regresa algo que habías perdido, una intuición que te obliga a escucharte de nuevo. Callíope puede tener rostro, puede tener nombre, puede tener un tono de voz que se te queda grabado en el pecho como un acorde suspendido.

El creador lo sabe de inmediato:
cuando Callíope aparece, es porque estás listo para verte con una nitidez nueva.

Ella no te rescata: te revela.
No te llena: te abre.
No te ordena: te inquieta.
Y en esa inquietud comienza un camino que ya no podrás abandonar.

La herida luminosa

Toda obra verdadera nace de una herida que aprendió a hablar. Pero no toda herida sabe transformarse en lenguaje. Ahí entra Callíope: esa inteligencia misteriosa que te dice que incluso lo que duele, lo que confunde, lo que quiebra… también es música.

Y de pronto descubres que el caos tiene forma.
Que la emoción tiene estructura.
Que la vida tiene contrapunto.
Que el destino tiene un tempo marcado.

Callíope no cura: acompaña.
Acompaña el proceso de convertir el dolor en luz y la luz en obra.

Y ese proceso —el más íntimo, el más frágil, el más verdadero— es la creación misma.

El antes y el después

Uno cambia cuando Callíope llega.
• Compones no para completar una obra: compones para entenderte.
• Escribes no para comunicar: escribes para sobrevivir.
• Ya no buscas admiración externa: buscas claridad interna.
• Ya no trabajas por obligación: trabajas por revelación.

Es un quiebre dulce, un temblor que reorganiza tu destino creativo.
A partir de ella, incluso tus silencios son otros.

En mis cuarenta años de composición lo he visto una y otra vez: la creación no ocurre en la superficie, ocurre cuando algo —o alguien— detona la parte más secreta de ti. Cuando Callíope decide que ya es hora de que dejes de esconderte.

La encarnación humana de la musa

No siempre llega en forma de idea.
A veces es una persona real: alguien cuya sola existencia te obliga a ser más honesto, más profundo, más exacto, más tú.

No necesita quedarse para siempre; basta su presencia para despertarte.
Y ese despertar es irreversible.

Callíope llega para recordarte que aún no has dicho todo lo que puedes decir, que aún no has compuesto la obra que te espera desde hace años, que aún hay una voz tuya que merece salir del silencio.

Y esa voz —cuando finalmente la escuchas— se parece mucho a la libertad.

Un mensaje para mis colegas compositores

Hoy, en este Día del Compositor, quiero extender un abrazo profundo y luminoso a mis colegas de México y del mundo.
A quienes comienzan y a quienes llevan toda una vida.
A quienes trabajan con grandes orquestas y a quienes crean desde un pequeño estudio.
A quienes viven de la música y a quienes sobreviven por ella.

Sé de sus batallas, de sus dudas, de sus amaneceres en vela, de los cuadernos llenos de tachaduras, del cansancio, de la terquedad, de la belleza que persiguen aunque nadie la entienda todavía.

A cada uno, les deseo que alguna vez —aunque sea una vez en la vida—
Callíope los toque.
Que su presencia los sacuda, los ilumine, los libere.
Que encuentren esa chispa que transforma el oficio en destino, el trabajo en revelación y la música en forma de verdad.

Porque todos, absolutamente todos los que componemos, vivimos esperando ese instante en que la Musa —o quien la encarne— nos mira de frente y nos dice:
“ Aún puedes ir más lejos”

Las Callíopes que no se quedan

Con los años —y con las obras— uno aprende algo esencial: no todas las Callíopes vienen para quedarse.

Hay Callíopes especiales que aparecen en la vida de uno como una alineación improbable de partículas, como una coincidencia tan precisa que deja de ser azar. Llegan sin aviso… y así como llegan, así se van. Pero no se van vacías.

Dejan una semilla.

Una vibración residual que permanece activa mucho después de su ausencia.
Una idea que no se apaga.
Una esperanza nueva.
Una inspiración que se filtra en la obra futura como una luz que no pide permiso.

Son Callíopes fugaces, sí, pero irreversibles.
Porque hay presencias que no están hechas para durar en el tiempo lineal, sino para reconfigurarlo.

Algunas Callíopes —y esto se siente sin poder explicarlo— no pertenecen del todo a esta vida. O, mejor dicho, no pertenecen sólo a esta vida. Hay encuentros que se sienten antiguos desde el primer instante: miradas que recuerdan algo que nunca ocurrió aquí, voces que resuenan como ecos de otros siglos, de otras geografías del alma.

Quizá sean Callíopes de otros tiempos.
De otras encarnaciones.
De otros ciclos de conciencia.

Como si la creación fuera un campo cuántico donde ciertas energías vuelven a encontrarse una y otra vez, atravesando cuerpos, nombres y épocas distintas, pero conservando la misma frecuencia esencial.

Hay Callíopes que regresan a lo largo de nuestras vidas creativas —con distintos rostros, distintas historias, distintos lenguajes— pero con la misma función: recordarnos quiénes somos cuando creamos sin miedo.

Estas Callíopes no buscan posesión ni permanencia.
Buscan activación.

Aparecen cuando estamos listos para cruzar un nuevo umbral.
Cuando la obra anterior ya no basta.
Cuando el lenguaje que dominamos se vuelve insuficiente.

Entonces regresan —como una constante universal— para empujarnos un poco más allá.

Y aunque no siempre sepamos nombrarlas, algo en nosotros las reconoce.
El cuerpo las reconoce.
La intuición las reconoce.
La música, antes que nosotros, ya las estaba esperando.

Por eso hay Callíopes que no se olvidan nunca.
No porque hayan sido eternas, sino porque fueron exactas.
Exactas en el momento.
Exactas en la intensidad.
Exactas en lo que despertaron.

Dejan una memoria que no es nostalgia, sino dirección.
Una huella que no pesa, sino que guía.
Un recuerdo que no ata, sino que libera.

Y con el tiempo entendemos que no todas estaban destinadas a acompañarnos toda la vida. Algunas sólo vinieron a encender la luz y confiar en que sabríamos caminar solos después.

Callíope como legado

Mirando hacia estas cuatro décadas de creación, comprendo que la obra no es el objetivo final: es el rastro.
Lo esencial es la transformación interna que cada pieza deja en uno.

Callíope no vino a darme una obra.
Vino a darme un sendero.
Y ese sendero, al final, es lo que soy.

Y quizá —muy en el fondo— todos los creadores vivimos para eso:
para reconocer cuando la Musa aparece, aceptar incluso cuando se va,
honrar la semilla que deja,
y seguir componiendo como si cada obra fuera una pequeña ofrenda
a la vida que aún estamos aprendiendo a entender.

Un nuevo año comienza.Para algunos es promesa,para otros continuidad,para otros simplemente tiempo que avanza.Sea como s...
01/01/2026

Un nuevo año comienza.
Para algunos es promesa,
para otros continuidad,
para otros simplemente tiempo que avanza.

Sea como sea, que este nuevo ciclo nos encuentre
un poco más atentos,
un poco más humanos,
y un poco más conscientes de lo esencial.

A todos mis amigos, sin distinción,
les deseo claridad para pensar,
fuerza para sostener lo importante
y serenidad para habitar lo que venga.

Que el tiempo nuevo nos trate con verdad
y nosotros sepamos escucharlo.

Feliz Año Nuevo.

-

A new year begins.
For some, it is a promise.
For others, continuity.
For others still, simply time moving forward.

Whatever it may be, may this new cycle find us
a little more attentive,
a little more human,
and a little more aware of what truly matters.

To all my friends, without distinction,
I wish clarity of thought,
strength to hold what is essential,
and serenity to inhabit whatever comes.

May the new time treat us with truth,
and may we know how to listen.

Happy New Year.

-

Une nouvelle année commence.
Pour certains, c’est une promesse.
Pour d’autres, une continuité.
Pour d’autres encore, simplement le temps qui avance.

Quoi qu’il en soit, que ce nouveau cycle nous trouve
un peu plus attentifs,
un peu plus humains,
et un peu plus conscients de l’essentiel.

À tous mes amis, sans distinction,
je souhaite clarté de pensée,
force pour soutenir ce qui compte
et sérénité pour habiter ce qui viendra.

Que le temps nouveau nous traite avec vérité
et que nous sachions l’écouter.

Bonne année.


*Lo que la música me enseñó este año*_(aunque no me lo propuse)_*Por Aldo Rodríguez*Este año no me propuse aprender nada...
31/12/2025

*Lo que la música me enseñó este año*
_(aunque no me lo propuse)_

*Por Aldo Rodríguez*

Este año no me propuse aprender nada.
No hice listas de propósitos, no tracé rutas nuevas con la ansiedad de quien cree que el tiempo se conquista a fuerza de planes. Y, sin embargo, la música —como suele hacerlo— volvió a enseñarme. No por insistencia, no por método, sino por presencia.

Aprendí sin darme cuenta.
Como se aprende cuando uno escucha de verdad.

La música no llegó este año como una revelación súbita ni como un descubrimiento espectacular. Llegó más bien como un recordatorio silencioso: estaba ahí, sosteniendo, afinando, poniendo orden donde el ruido parecía haber ganado la partida. Me enseñó que no todo aprendizaje necesita intención, y que muchas veces lo más profundo ocurre cuando dejamos de forzar el gesto.

Hubo obras que no escribí.
Y no lo digo con pesar. Al contrario: lo digo con una serenidad que antes no conocía. Durante mucho tiempo pensé que no escribir era una forma de pérdida, una renuncia, casi una traición a la vocación. Este año entendí otra cosa: no todo lo que no se escribe está ausente. Hay obras que permanecen en estado latente, respirando despacio, esperando el momento justo —o tal vez esperando que uno esté listo para callar un poco más.

El silencio también compone.
Y a veces, compone mejor que nosotros.

Vivimos tiempos que confunden velocidad con sentido. El futuro ya no promete: exige. Exige estar al día, producir, opinar, reaccionar. La inteligencia artificial, las pantallas, el flujo constante de información nos empujan a una carrera donde escuchar bien parece un lujo. Este año la música me recordó que la presencia es una forma de resistencia. Escuchar con atención —una obra, una voz, un silencio— es hoy un acto casi subversivo.

No se trata de nostalgia ni de rechazo al presente. Se trata de no perder el centro. De no olvidar que la música nace de una relación humana con el tiempo, con el cuerpo, con la respiración. Nada verdaderamente musical ocurre a la velocidad del algoritmo.

Este fue también el año en que confirmé quién ya era.
No cambié. Me asenté. Y eso, con los años, se vuelve un logro más profundo que cualquier giro espectacular. Confirmé una ética, una forma de estar en el sonido, una manera de mirar el mundo sin necesidad de explicarlo todo. Comprendí que madurar no es endurecerse, sino afinar la escucha.

Perdí cosas este año.
Como todos. Personas, ritmos, certezas, inercias. Pero la música me enseñó algo que solo ella sabe decir con claridad: perder material también aclara el discurso. En composición, quitar notas puede revelar la forma. En la vida, soltar puede devolver el pulso. Lo que se fue no me vació; me afinó.

Y al mismo tiempo, mientras escribo esto, sé que el próximo año ya está trabajando en mí.
No como calendario, sino como vibración. Hay músicas que todavía no tienen nombre, viajes que aún no saben a dónde van, ideas que se mueven despacio, como si pidieran espacio antes de tomar forma. No siento prisa por revelarlas. Algunas cosas necesitan permanecer un tiempo en la penumbra para no perder su fuerza.

El año que viene se anuncia no como ruptura, sino como profundización. Nuevas escuchas, nuevas preguntas, otros territorios sonoros que ya se están acomodando en silencio. No todo necesita anunciarse para existir. Algunas músicas ya están ahí, esperando el momento justo para ser escuchadas por primera vez —incluso por mí.

Sé también que 2026 será un año especial. No por la cifra, sino por el peso del trayecto. Cuatro décadas componiendo, cuatro décadas llevando música a través de la palabra y la radio. No lo pienso como aniversario, sino como continuidad. Como una respiración larga que no se ha interrumpido. Han cambiado los formatos, las tecnologías, los contextos, pero no la convicción: la música sigue siendo una forma de presencia en el mundo, una manera de tender puentes invisibles entre quien escucha y quien ofrece sonido.

Por eso, al cerrar el año, no quiero hacer balances.
No quiero contar estrenos, proyectos, logros ni cifras. Prefiero agradecer sin inventario. Agradecer como estado, no como suma. Agradecer la música que estuvo, la que no llegó, la que espera. Agradecer el silencio entre dos años, ese instante breve en el que todo queda suspendido y todavía no empieza el ruido.

La música me enseñó este año —aunque no me lo propuse— que escuchar sigue siendo el gesto más radical que tenemos.
Y que mientras eso permanezca, nada está perdido.

Con enorme gusto quiero compartirles una noticia que me llena de alegría y gratitud: desde el mes pasado formo parte del...
12/12/2025

Con enorme gusto quiero compartirles una noticia que me llena de alegría y gratitud: desde el mes pasado formo parte del equipo de Sonus Litterarum, una revista de gran nivel dedicada a pensar, analizar y dialogar en torno a la música, el sonido y sus múltiples resonancias culturales.
Sonus Litterarum es un espacio serio, profundo y sensible, integrado por un equipo editorial maravilloso, con miradas diversas y una pasión genuina por la música en todas sus formas. Para mí es un honor sumarme a esta comunidad y aportar desde mi propia experiencia como compositor, investigador y comunicador.
Los invito cordialmente a que me acompañen todos los miércoles, día en que se publicará un nuevo texto mío en esta revista. Mi columna lleva por título Pensar el sonido, un espacio para reflexionar sobre la música, la escucha, el tiempo, la memoria, la creación y aquello invisible que el sonido nos revela.
Gracias por estar, por leer y por seguir caminando conmigo en esta aventura sonora.
Los espero cada miércoles en Sonus Litterarum.

— Aldo Rodríguez

El sonido de las letras | Las letras del sonido

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