06/01/2026
ANÁLISIS | Cuando el Estado cae en manos del crimen, capturar al caudillo es justicia
La captura de Nicolás Maduro marca un punto de quiebre histórico. No es venganza ni ideología: cuando un Estado es tomado por el narcotráfico, el terrorismo y las mafias, los medios excepcionales se vuelven una obligación. La seguridad regional, la dignidad de los pueblos y la defensa de la democracia están por encima de la impunidad.
Maduro no fue solo un presidente. Fue el caudillo de un Narco Estado que convirtió al poder en escudo del crimen organizado. Ningún cargo ni discurso de “soberanía” puede proteger a quien pacta con mafias. Cuando el poder se fusiona con el crimen, deja de ser gobierno y pasa a ser objetivo legítimo de la justicia.
Ecuador ya vivió esa lección. Aquí hubo un caudillo que salió corriendo a otro país antes de que la justicia lo alcance, dejando atrás una ideología que degradó valores, normalizó la corrupción y facilitó la infiltración del crimen organizado. Por eso hoy aún existen sectores que defienden corruptos, justifican delincuentes y apoyan proyectos que traicionan a la patria.
Capturar al caudillo no lo resuelve todo, pero rompe el mito de la impunidad. El crimen no puede legitimarse, y su mayor aliado es la tolerancia social.
El pueblo tiene una responsabilidad histórica: dejar de apoyar ideologías criminales, rechazar a los cómplices del delito y respaldar a quienes enfrentan esta amenaza.
Porque el mal puede infiltrarse en el Estado, pero nunca debe legitimarse.
El bien no se impone solo.
El bien se defiende.