15/01/2026
Hoy quiero que el maestro ebanista tome la madera que tanto deseó tallar.
Tome sus herramientas y la modele.
Cada pieza que fabrica es perfecta:
hay que afilar con paciencia cada cincel,
golpear firme y seguro cada parte.
Pero lo que más me gusta es el antes,
cuando aún era árbol y no madera,
cuando estaba viva y respiraba.
El antes del leñador,
que cortó con irónica destreza
gracias a la ayuda de otro cadáver vegetal.
¿Sabía la piedra el destino de su hermana?
Ambos sabemos que la pieza quedará en su color crudo.
Realzaremos su tono con cera de piña.
La lijará con suavidad,
siguiendo sus vetas palpitantes.
Cada veta es irrepetible:
una huella digital eterna,
capas visibles de una experiencia viva,
ahora inerte.
Llegas a sus manos, indómita y ma**za.
Eres tomada,
calculadamente tatuada con bocetos de tu nueva piel,
y apartada, con precisión melódica,
de todo lo que te sobra.
Tu aroma llena la habitación.
Exhalas el perfume de tu mortaja
y de tu nuevo nacimiento.
Quiero verte.
Quiero ver cómo el maestro te modela.
Recuerdo la mañana en que te vi ingenua;
al mediodía ya estabas digitada,
inacabada aún,
pero al atardecer vestías tu último color.
El maestro y yo acordamos conservar tu naturaleza perfecta:
tus manchas irrepetibles,
tus curvas irregulares,
tu belleza innata.
Te escogimos entre muchas,
pero te elegí por tu color crudo,
por tus tonos verdes,
por tu forma indócil.
Me gustaría que tuvieras ojos
y pudieras mirarte al espejo,
labios para decirme
lo hermosa que quedaste.
¿Sería prudente, después del proceso,
preguntarte si sentiste?
Dormirás en mi escritorio,
junto a tus hermanos
de distintas madres
y una misma nodriza.
Cuando los rayos tiernos del sol te toquen
y cambies de color,
te oleré recordando este día:
el día en que dejaste de ser lo que eras
y te convertiste en mi dominio.
¿Recuerdas la primera vez que nos vimos?
Te escondiste, o lo intentaste.
De mí no ibas a huir.
No te dejaría libre de mi deseo,
ni del nuestro.
Ambos sabíamos lo que queríamos de ti,
y solo tuviste que permitir, plácidamente,
que te desvistiera.
Te dije el poema
en el que te convertirías,
y con el soplo de mis susurros
te quité el manto
que alguna vez te protegió
de mi prisión.