15/10/2026
Cuando Abraham caminó con Dios exclamó:
“He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor aunque soy polvo y ceniza” (Gen. 18:27).
Cuando Job se encontró con Dios cara a cara, dijo:
“He aquí que soy vil” (Job 40:4), luego “me aborrezco” (40:6).
Cuando Isaias entró a la presencia divina clamó,
“¡Ay de mi! Que soy mu**to; porque siendo hombre inmundo de labios…” (Isa.6:5).
Cuando Daniel tuvo la maravillosa visión de Cristo (Dan. 10:5-6) declaró,
“y no quedo fuerza en mi, antes mi fuerza se cambio en desfallecimiento” (ver. 8).
Y en una de las ultimas epístolas del amado apóstol a los gentiles, leemos:
“Palabra fiel y digna de ser recibida por todos: que Cristo Jesus vino al mundo para salvar a los pecadores, de los cuales yo soy el primero.” (1Tim. 1:15)
Estas afirmaciones no procedían de hombres incrédulos, sino que procedían de los labios de los santos de Dios. Tampoco eran las confenciones de los creyentes rebeldes, más bien, eran las voces de los más eminentes del pueblo de Dios.
¿Dónde encontraremos hoy personas aptas para ser colocadas junto a Abraham, Job, Isaías y Pablo? En verdad,
¿Dónde?
Y sin embargo, ¡estos fueron los hombres que estaban tan conscientes de su vileza e indignidad!
“El Cristiano En Romanos 7”
A.W. Pink