28/09/2026
En el último video que publiqué sobre trabajar remoto, uno de mis primeros consejos fue bastante sencillo: si eres profesional independiente, empieza a construir una marca personal.
No porque necesites convertirte en influencer.
Tampoco porque tengas que publicar todos los días.
Lo decía por una razón mucho más práctica: me parece extraño pasar años perfeccionando una profesión y después depender completamente de una plataforma para encontrar quién está dispuesto a pagarte por ella.
Hay algo psicológicamente curioso en eso.
Uno prepara el currículum, organiza el portafolio, abre una cuenta en una plataforma, paga una membresía si hace falta, completa todos los campos y después espera.
Es una pequeña ceremonia de espera.
Esperas que alguien publique una oferta. Esperas que vea tu perfil. Esperas que el algoritmo te coloque delante de la persona correcta. Esperas que otro candidato no tenga más experiencia, más reseñas o una tarifa más baja.
Y cuando no pasa nada, muchas veces pensamos que necesitamos mejorar el currículum.
Quizás el problema no era el currículum.
Quizás estábamos intentando que alguien nos descubriera, cuando podríamos estar haciendo que nuestro nombre fuera más fácil de recordar.
Por eso me gusta tanto la idea de una marca personal.
Porque una vez que empiezas a construirla, no desaparece cuando cierras una plataforma.
Tu nombre sigue ahí.
Tu trabajo sigue ahí.
Lo que has aprendido sigue ahí.
Las cosas que has pensado, los proyectos que has hecho, las conversaciones que has provocado y hasta algunas de tus malas decisiones empiezan a formar una especie de archivo público de quién eres profesionalmente.
Eso me parece especialmente importante para quienes trabajamos desde Latinoamérica y, en mi caso, desde Cuba.
No siempre tenemos acceso a las mismas plataformas, medios de pago, oportunidades o redes profesionales que alguien en Madrid, Miami o Ciudad de México.
Pero hay algo que sí podemos construir desde cualquier lugar: una reputación.
Yo empecé a trabajar con diseño y audiovisual hace años. Hoy mi trabajo pasa por branding, dirección creativa, motion graphics, audiovisual, renders y desarrollo web. No todo apareció de golpe ni porque hubiera diseñado una estrategia perfecta.
Fui haciendo cosas.
Y fui dejando rastros de esas cosas.
Con el tiempo, esos rastros empiezan a hacer algo bastante interesante: permiten que una persona que nunca ha hablado contigo tenga una idea de quién eres antes de escribirte.
Ahí es donde yo empezaría si tuviera que crear una marca personal desde cero.
No empezaría pensando en colores, logo o nombre de usuario.
Empezaría haciendo público mi trabajo.
Y después intentaría explicar cómo pienso.
¿Por qué resolví un proyecto de determinada manera? ¿Qué problema encontré? ¿Qué cambiaría hoy? ¿Qué cosas de mi profesión no comparto? ¿Qué estoy aprendiendo? ¿Qué tipo de proyectos quiero hacer?
No hace falta tener una opinión sobre la inteligencia artificial, el emprendimiento, la disciplina y el café todos los lunes.
Hace falta tener algo que decir sobre aquello que haces.
Con el tiempo, eso produce algo que ninguna plataforma puede darte completamente: familiaridad.
Alguien ve tu nombre por primera vez y no sabe quién eres.
Meses después vuelve a verlo.
Después reconoce un trabajo.
Después recuerda una idea que publicaste.
Y un día necesita exactamente lo que tú haces.
Ya no eres un desconocido que apareció entre otros cien perfiles.
Eres esa persona que lleva un tiempo haciendo esto.
No garantiza clientes. No sustituye un buen trabajo. No elimina la necesidad de buscar oportunidades.
Pero cambia bastante la relación.
Ya no estás solamente buscando que alguien te contrate.
También estás construyendo una razón para que alguien piense en ti.
Y esa, para mí, es una de las mejores cosas que puede hacer una marca personal.
No hacerte famoso.
Hacer que tu nombre empiece a tener memoria.