07/03/2026
NUESTRO EDITORIAL
No mezclemos papa con camote: izquierda, socialismo, comunismo, terrorismo y dictadura no son lo mismo
Si en estos días el Perú vuelve a escuchar una proclamación presidencial en medio de dudas, bronca y desconfianza, tal vez llegó la hora de hablar claro. No para defender a un partido ni tapar a otro, sino para entender. Porque durante años nos enseñaron a reaccionar antes de pensar. Nos enseñaron a odiar palabras, no a definirlas. Nos enseñaron a repetir etiquetas, no a mirar los hechos.
Y ahí empieza el problema.
En el Perú se usan palabras como “socialista”, “izquierdista”, “comunista”, “terruco”, “dictador” y “demócrata” como si fueran lo mismo. Pero no lo son. Cuando un pueblo no entiende la diferencia, cualquiera lo puede manipular.
Un socialista cree que el Estado o la sociedad deben tener un papel fuerte en la economía, especialmente en salud, educación, trabajo, servicios públicos, recursos estratégicos y reducción de desigualdad. Pero ser socialista no significa ser dictador. Puede haber socialistas democráticos que compiten en elecciones, respetan la Constitución y aceptan perder el poder.
Un izquierdista es una categoría más amplia. Normalmente prioriza igualdad social, derechos laborales, redistribución, servicios públicos y protección de sectores vulnerables. Pero no todo izquierdista es comunista, no todo izquierdista es socialista extremo y no todo izquierdista quiere cerrar el Congreso, controlar la prensa o destruir la democracia.
Un comunista, en sentido clásico, va más lejos que el socialismo democrático: busca reemplazar el sistema capitalista por un modelo donde los medios de producción estén controlados colectivamente o por el Estado. En la historia, muchos gobiernos comunistas terminaron siendo autoritarios. Pero eso tampoco convierte la palabra “comunista” en un insulto automático contra cualquiera que pide mejores servicios públicos, más derechos laborales o mayor presencia del Estado.
Para no seguir metiendo todo en el mismo s**o, pongamos nombres sobre la mesa. Cuando hablamos de países gobernados por partidos comunistas, hablamos de casos como China, Cuba, Laos, Corea del Norte y Vietnam. Incluso entre ellos hay diferencias: China y Vietnam mezclan control político comunista con economía de mercado en varios sectores; Cuba mantiene un fuerte control estatal; y Corea del Norte es una dictadura totalitaria, cerrada, militarizada y hereditaria.
Por eso no basta con decir “comunista” y apagar el cerebro. Hay que mirar cómo gobiernan: qué libertades permiten, qué controles existen, si hay elecciones reales, prensa libre, justicia independiente y oposición posible.
También existen países con partidos de izquierda o socialdemócratas que han gobernado dentro de democracias, como España, Chile, Brasil, Uruguay, Francia, Alemania o los países nórdicos. Puede haber más impuestos, más programas sociales y más protección laboral, pero eso no los convierte automáticamente en dictaduras.
Ahora, un dictador es otra cosa.
Un dictador no se define por ser de izquierda o de derecha, sino por cómo usa el poder. Dictador es quien concentra autoridad, debilita instituciones, intimida jueces, Congreso, prensa u oposición, cambia reglas para quedarse, persigue enemigos y rechaza controles reales. Puede ser militar, civil, populista, de izquierda, de derecha o supuesto “salvador de la patria”.
Y aquí entra una palabra que en el Perú pesa muchísimo: terrorista.
Un terrorista no es alguien que piensa diferente, protesta, critica al gobierno o pide cambios sociales. Terrorista es quien usa violencia, miedo, asesinatos, amenazas, secuestros, coches bomba o destrucción contra civiles o contra la sociedad para imponer una causa política, ideológica o religiosa.
En el Perú sabemos muy bien lo que fue el terrorismo. Sendero Luminoso y el MRTA nos hizo sufrir y, no fueron simples movimientos políticos. Usaron muerte, secuestros, asesinatos y terror para imponer su visión. Eso es condenable a 100%.
Pero llamar “terrorista” a cualquiera que piensa distinto también es peligroso, porque convierte una palabra gravísima en arma política. Si todo opositor es “terruco”, todo izquierdista es “comunista”, todo socialista es “dictador” y todo crítico es “enemigo del país”, entonces ya no estamos pensando: estamos repitiendo miedo.
Y cuando un pueblo repite miedo sin entender conceptos, es más fácil manipularlo.
Ante cualquier proclamación, ganador, denuncia, celebración o rabia, no debemos apagar el cerebro. Puede haber autoritarismo de izquierda y de derecha, corrupción con discurso socialista y corrupción con discurso capitalista, dictadores que hablan de revolución y dictadores que hablan de orden. También puede haber políticos que hablan de democracia mientras negocian el país por debajo de la mesa.
Por eso el error peruano es creer que “si es de izquierda, es dictador” o “si es de derecha, es democrático”.
Eso es falso.
La política no se entiende por etiquetas. Se entiende por hechos.
Las verdaderas preguntas son: ¿respetan la Constitución, las elecciones limpias, la prensa libre, la separación de poderes y la justicia aunque no les convenga? ¿Aceptan perder? ¿Usarán al Estado para perseguir enemigos? ¿Gobernarán para el país o para su grupo?
Porque el peligro real no es una etiqueta política. El peligro real es el autoritarismo: cuando cualquier grupo quiere capturar el poder del Estado y gobernar sin límites.
Una elección cerrada no se cura con gritos. Una democracia débil no se salva con fanatismo. Una patria dividida no se reconstruye con insultos.
Durante años muchos creímos ciegamente porque no sabíamos distinguir. Nos vendieron miedo con envoltura de patriotismo, odio con bandera y silencio como si fuera paz. Nos enseñaron a escoger bando antes de aprender a pensar.
También nos dijeron que la izquierda, el comunismo o los terroristas nos quitarían lo poco o mucho que tenemos. Pero mientras tanto, ciertas élites políticas y económicas en el Perú han venido quitándole al pueblo, durante más de tres décadas, oportunidades, justicia, dignidad y futuro.
Ahora toca leer, comparar, preguntar, investigar y no tragarse el cuento entero solo porque viene con música épica, bandera en la mano o carita de mico salvador.
Porque la ignorancia política es el negocio de los que viven del miedo.
Nos llegó la hora de aprender a leer y reconocer estos cuentos políticos de engaños y mentiras.
Y el día que el pueblo aprende a distinguir izquierda, socialismo, comunismo, terrorismo, democracia y dictadura, se les cae el teatro.
Colorín colorado, el cuento no se ha acabado.